Hay tanto por hacer; descorrer las cortinas que no hay, comprar el pan, abrir las ventanas del alma, dibujar un garabato irreconocible, desmontar la vida para volver a montarla, acariciar al gato, visitar a un amigo, encender la luz, apagar la tristeza.
Se trata de dejar ir la pena como un río de agua mansa, despacio, litro a litro, paso a paso, recuerdo a recuerdo.
Se trata también de exprimir el minuto corriente, hacer el tiempo zumo dulce. Aprender a mirarme con mis ojos. Perdonarme, no sé de qué. Pero perdonarme.
Se trata de hacer frases largas, que no corten, que respiren apenas una coma para continuar sin exaltar ni doler más de la cuenta donde duelen las palabras, entre las costillas y el espinazo, en las tripas.
Se trata de hacer la calma.
Se trata de deshacer la cama profundamente.
Se trata de encontrar mis pecados para encontrar mi perdón.
Pequé la arrogancia de enderezar la sombra de un árbol torcido. Soberbia de querer. Pecado de tontos.
Bastante tengo con ser héroe de mi mismo como para ser héroe de nadie. Como si fuera fácil salvarse.
Qué tonto.
Aprender el amor, sin necesidad de guarecer...
Hay quien me admiró la capacidad para aguantar los golpes. Ignoraba densamente que no romperse hacia fuera rompe hacia dentro. Lo ignoraba densamente, como yo.
No deja de ser una pose. No molestar. Perdón por vivir al lado. Quiero decir vivir, llenarse de cristales los pulmones, de artritis las cosas que faltan. Al lado. Sin molestar.
Las buenas personas que dejé ir.
Mandarme callar, callarme a mi mismo. Robarme el aire de las palabras. Guardar el viento en un bolsillo para que no se pierda.
¿Por qué fui tan débil de dejar de escribir?
Quisé mal a veces, no por poco, no por maldad, si no por pura ignorancia. Por pura torpeza.
Tengo tanto por aprender.
Sé dónde he estado todo este tiempo. Se trata de ir a buscarme, densamente.
Ahora entierro el hacha y la guerra.
Me pido perdón.
Y me lo doy.
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