lunes, 15 de junio de 2015

Perdón

Hay tanto por hacer; descorrer las cortinas que no hay, comprar el pan, abrir las ventanas del alma, dibujar un garabato irreconocible, desmontar la vida para volver a montarla, acariciar al gato, visitar a un amigo, encender la luz, apagar la tristeza.

Se trata de dejar ir la pena como un río de agua mansa, despacio, litro a litro, paso a paso, recuerdo a recuerdo.

Se trata también de exprimir el minuto corriente, hacer el tiempo zumo dulce. Aprender a mirarme con mis ojos. Perdonarme, no sé de qué. Pero perdonarme.

Se trata de hacer frases largas, que no corten, que respiren apenas una coma para continuar sin exaltar ni doler más de la cuenta donde duelen las palabras, entre las costillas y el espinazo, en las tripas.

Se trata de hacer la calma.

Se trata de deshacer la cama profundamente.

Se trata de encontrar mis pecados para encontrar mi perdón.

Pequé la arrogancia de enderezar la sombra de un árbol torcido. Soberbia de querer. Pecado de tontos.

Bastante tengo con ser héroe de mi mismo como para ser héroe de nadie. Como si fuera fácil salvarse.

Qué tonto.

Aprender el amor, sin necesidad de guarecer...

Hay quien me admiró la capacidad para aguantar los golpes. Ignoraba densamente que no romperse hacia fuera rompe hacia dentro. Lo ignoraba densamente, como yo.

No deja de ser una pose. No molestar. Perdón por vivir al lado. Quiero decir vivir, llenarse de cristales los pulmones, de artritis las cosas que faltan. Al lado. Sin molestar.

Las buenas personas que dejé ir.

Mandarme callar, callarme a mi mismo. Robarme el aire de las palabras. Guardar el viento en un bolsillo para que no se pierda.

¿Por qué fui tan débil de dejar de escribir?

Quisé mal a veces, no por poco, no por maldad, si no por pura ignorancia. Por pura torpeza.

Tengo tanto por aprender.

Sé dónde he estado todo este tiempo. Se trata de ir a buscarme, densamente.

Ahora entierro el hacha y la guerra.

Me pido perdón.
Y me lo doy.

martes, 9 de junio de 2015

Capitán de mi vida

Capitán de mi vida, dueño de cosas sin dueño como el aire que pasa y sopla fresco en este verano prematuro o dueño también de esta noche en que se intuyen lejos puntos de luz estrellas casi casi tapados por las farolas de esta ciudad.

Comandante de mis pies para que os quiero cuando me asalta la pena.

Amo y maestro de hacer nada cuando no quiero hacer nada.

Aprendiz de niño, piloto de bicicletas, inventor de aviones que vuelan lejos.

Escribidor de palabras, creador de mundos interiores.

Estudiante de septiembre para la felicidad.

Ingeniero de cosas tontas. Un vaso de agua fría. La sombra de un árbol. Partir el pan con las manos. El sol en la cara. Un abrazo.

Amigo de gatos y de personas que valen la pena.

Músico sin oído y virtuoso de seguir el compás con el pie.

Capitán de mi vida, dueño del día a día y del cielo de mi boca.

Autor de frases para olvidar. Cocinero de menú a la carta y para alguien.

Capitán de mi vida, desertor de causas perdidas. Aprendiz de niño. Maestro de nada.

viernes, 5 de junio de 2015

Empiezo

Vi todo caer como un castillo de naipes de plomo,
cenizas del imperio de la felicidad sujeta por alfileres. A ratitos. A rayos sueltos de luz.

Vi los años pasar poniendo amarillas las fotografías digitales.
Los vi pasar.
Uno a uno, como un bosque, árboles que crecen centímetros meses años.
Los vi perderse en mis recuerdos.

Pasaban cosas que me pasaban a mí. O yo les pasaba a las cosas. En definitiva creo que me perdí.

Conté poco cómo me sentía porque no sé, no sé sentir. O no sé contar. Matemáticamente podrían ser ciertas ambas.

Me preguntaron mucho cómo me sentía; lo conteste poco lo poco que supe contestar.

Dejé de escribirte para entenderme.

Y me perdí, creo. Como se pierde un perro en una guerra civil. Sin entender siquiera qué carajo es un bando.

Vi los años que me ocurrieron. Fui valiente o me convencí para serlo. Me la jugué en todo lo que consideré que merecía la pena. No perdí nada. Me equivoqué todas las veces que pude. Pude muchas.

No me arrepiento de nada. Creo que lo di todo. Me vacié. Por momentos la piel sostenía un cuerpo vano. Madrid era una ciudad solitaria porque yo caminaba por ella. Madrid era una ciudad vacía, sólo había gente.

Debe ser que me perdí.

Me pregunto algunas cosas que duelen. No me da miedo estar solo. No me da miedo estar en compañía. Metafísicamente podrían ser mentira ambas.

No me da miedo mirarme a los ojos. En algunos momentos.

Veo a alguien envilecido de realidad. Mis sueños se han hecho pequeños, conforme me hacía mayor. O menor. Ya saben, podrían ser ciertas ambas.

He sabido perder de vista a mis enemigos elegantemente. Me olvidé del peor.

En algunos momentos no me da miedo mirarle a los ojos.

Seguí jugando siempre. Juego con la lógica para ganarme el pan y el techo. Siempre que pude me hice trampas al solitario, no más que nadie, ni menos. Como todo el mundo me he hecho la zancadilla, me di capones, me robé la merienda en el patio del colegio. Durante toda mi vida. No más que nadie, ni menos.

Estoy haciendo inventario. Tomo notas. Y aprendo, que no es poco.

Miro menos pantallas. Miro más por la ventana.

Aprendo de un gato a ser feliz.

Escucho. Si abro la ventana se oyen pájaros.

Hago mi casa. Pongo mis cosas como una tonta prolongación de uno. Me distribuyo por las habitaciones.

Todavía no es mi casa pero me gusta, que no es poco.

Tomo notas.

Hablo. Y trato de contarme. Sigo sin saber responder lo que siento, pero lo intento.

Me escribo para entenderme. Y empiezo algo parecido a mi mismo.

Me distribuyo.

Faltan cosas, tomo notas, hago una lista. Escucho la ventana abierta.

Y me empiezo, de nuevo, importando lo importante, hacia delante, hacia dentro, hacia fuera.